Estoy mirando, sin ver, un punto, una mancha que extrañamente desentona en el blanco cielo raso de la habitación; es de un blanco tan puro, que mi vista no puede sino desviarse hacia aquel punto -porque de hecho es un punto- y quedarse absorta en él.De pronto todo se hace claro, todo tiene un sentido, la tradición del sol me habla.
Al mirar la vasta zona blanca del pulcro cielo, no logro fijar mi vista en nada; en realidad ni siquiera consigo medir la distancia entre el el techo y yo; pero al encontrar aquel punto que parece destruir la armonía que pretende la pintura, descubro la verdad: aquel extraño logra conectarme con la realidad, con la objetividad de las cosas, como si quisiese decirme que, exactamente como él lo hace, los sucesos que nos sacan de la rutina son los que nos demuestran que estamos vivos; toda esa gran monotonía en que vivimos -como el blanco techo- se ve quebrada por acontecimientos, ya sean buenos o malos; la verdad es que en este caso da lo mismo, porque quiero decir que ellos están ahí para hacernos reaccionar del adormecimiento en que estamos sometidos. También comprendí que la realidad -o cordura- que todos conocemos es, quizás, lo más ilógico e inverosímil, pues, tal vez, aquel loco, aquel demente, aquel punto en el cielo, sea nuestra única conexión con la "verdadera realidad" de la vida.

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